
La necesidad imbatible e insaciable de comunicarnos cede, con frecuencia, espacios a una duda motivada por una exigencia perjudicial: querer que cada frase y oración estén hiladas de manera sublime. Claro está, nunca es logrado tal objetivo, pero incluso así el escritor planta la frente contra el teclado, o arruga decenas de folios en búsqueda de una satisfacción que a cada paso se torna más difícil de conseguir.
Toda concepción se enmarca en un motivo. Las ficciones que ocupan finalmente las páginas de un libro, los productos audiovisuales que son presentados a una audiencia, parten de una idea que va desarrollándose con el firme trazo del grafito. Inspirados, los artistas logran escribir decenas de párrafos que relatan una subjetividad particular, aspirando con ello subsistir, destacarse, desahogarse, o todas ellas. Existe un especial hincapié en la última de las tres. Si bien algunos deseamos algún día poder materializar las dos primeras razones, es el deseo de expresar los conflictos e inquietudes internas lo que en un inicio lleva a tomar asiento frente al vacío. Luego viene el empujón que permite descargar los contenidos en aquella nada desafiante. Y tal como ocurre con cualquier reto, hay veces en que se tiene éxito y otras en que no.
Los fracasos en dicho plano llevan a que muchas plumas sean abandonadas en el tintero, para jamás volver a ser tomadas. Otros se ahogan en un delirio desatado por el éxito repentino, buscando nuevamente saborear el placer enviciante que genera. Resulta intrigante ver cómo se dan tales escenarios a partir del deseo por crear fantasías, más allá de que puedan o no ser disfrutadas por otros. Algunos, debido a fallas recurrentes, optan por retornar a las fórmulas y los temas comunes, terrenos explorados hasta el hartazgo, con la esperanza de que algún día se revele ante ellos una providencia complaciente. Pero, si no salimos de las cuatro paredes frecuentadas, ¿existe la posibilidad de que ello ocurra? Debemos entonces asumir riesgos, redactar piezas que no satisfagan a plenitud nuestra mal habituada percepción.
Él continúa haciendo lo mismo. Trata de engañarse con palabras esperanzadoras, y continúa enclaustrado en la apatía, nutriéndose con material diverso a la espera de que tal consumo le de una base cultural que, tarde o temprano, le permita concebir una obra que le plazca.
Toda concepción se enmarca en un motivo. Las ficciones que ocupan finalmente las páginas de un libro, los productos audiovisuales que son presentados a una audiencia, parten de una idea que va desarrollándose con el firme trazo del grafito. Inspirados, los artistas logran escribir decenas de párrafos que relatan una subjetividad particular, aspirando con ello subsistir, destacarse, desahogarse, o todas ellas. Existe un especial hincapié en la última de las tres. Si bien algunos deseamos algún día poder materializar las dos primeras razones, es el deseo de expresar los conflictos e inquietudes internas lo que en un inicio lleva a tomar asiento frente al vacío. Luego viene el empujón que permite descargar los contenidos en aquella nada desafiante. Y tal como ocurre con cualquier reto, hay veces en que se tiene éxito y otras en que no.
Los fracasos en dicho plano llevan a que muchas plumas sean abandonadas en el tintero, para jamás volver a ser tomadas. Otros se ahogan en un delirio desatado por el éxito repentino, buscando nuevamente saborear el placer enviciante que genera. Resulta intrigante ver cómo se dan tales escenarios a partir del deseo por crear fantasías, más allá de que puedan o no ser disfrutadas por otros. Algunos, debido a fallas recurrentes, optan por retornar a las fórmulas y los temas comunes, terrenos explorados hasta el hartazgo, con la esperanza de que algún día se revele ante ellos una providencia complaciente. Pero, si no salimos de las cuatro paredes frecuentadas, ¿existe la posibilidad de que ello ocurra? Debemos entonces asumir riesgos, redactar piezas que no satisfagan a plenitud nuestra mal habituada percepción.
Él continúa haciendo lo mismo. Trata de engañarse con palabras esperanzadoras, y continúa enclaustrado en la apatía, nutriéndose con material diverso a la espera de que tal consumo le de una base cultural que, tarde o temprano, le permita concebir una obra que le plazca.









